Cultura Pop

Munchen Leben #2: Ukranian Sheriffs

by Colaboradores 13/06/2016
  

En esta segunda edición, Cacu Luppi nos cuenta de su paso por el DOK.fest München (festival de documentales de Múnich), para encontrar que la realidad supera por goleada a la ficción, con el film "Ukranian Sheriffs".


Calculando los quince minutos de tanda antes de que empiece la película, salgo de mi casa con una tranquilidad máxima para poder entender que voy a llegar completamente mojado al cine. De todas formas la película había recién comenzado. Todavía no entiendo como pude haber pensado que iba a empezar en otro horario que no era el que decían. El sentimiento de mojar la butaca es acompañado por unos ladridos que vienen del fondo, que calculo que son dirigidos a mí. Poco me importa porque las imágenes de Ukrainian Sheriffs me atrapan de inmediato. Los primeros diez minutos son suficientes para que la pantalla me escupa en la cara una cantidad de personas que se superan unos a los otros constantemente en el ranking de personajes. Es la seguidilla de situaciones, diálogos, vestuarios y lugares que saturan mi memoria RAM mental para no poder entender qué es lo que estoy viendo. Es la anteúltima fecha del DOK.fest München y por eso asocio que es un documental pero lo espectacular de todo esto lo hace parecer una ficción.

Me encuentro en la situación de que existe un pueblo en el punto más remoto de Ucrania, donde dos héroes elegidos por el intendente neutralizan el descontrol que los habitantes provocan. Esto incluye robo de patos, borrachos quilomberos y señoras que se quejan. Su método de trabajo varía entre el psicoanálisis, la fuerza bruta y la investigación de pistas. A través de las cuatro estaciones del año se ve la vida de todo este mundo, no sólo mediante los ojos de los aguaciles sino que de alguna forma la cámara logra filtrarse y vivir con muchos de los pueblerinos. De a poco los acontecimientos políticos se van colando a la pantalla para agregarle los elementos reflexivos y trágicos. Mediante los medios de comunicación se dan a entender los conflictos entre Rusia y Ucrania en 2015, al igual que el pasado soviético dice presente con monumentos y celebraciones de fechas históricas.

Es verdaderamente complicado tratar de describir a estos dos aguaciles. El que representaría a la fuerza (Volodya), es el resultado de Jason Statham comiéndose a Toni Soprano. Su rudeza expresada como patovica en las discotecas ucranianas, fue objeto de deseo para ascender a primera. Desafortunadamente lo vemos en el ocaso de su gloria física porque el nacimiento de su hija y unos buenos años de vodka fueron la causa de la metamorfosis a un oso pelado, tierno y con una panza muy bien puesta. Maneja un auto amarillo que es la mitad de su tamaño del que cuelgan en las ventanas banderines de Ucrania. Como si esto fuera poco, hay días en que viste su uniforme camuflado, y otros más frescos en los que se adorna con camisas hawaianas. Por suerte los momentos en que saca el cochecito de su bebé del baúl, que supuestamente fue diseñado de la forma más práctica posible, considerando que el bebé se puede estar cagando y vomitando a la vez, se lo ve a nuestro ya amigo vestido para la guerra, luchando torpemente para darle a su hija un asiento en un acto que dura casi dos minutos. 

Volodya no sería nadie sin un compañero de aventuras con quien pelearse, reírse o combatir el mal. La forma más sana para describir a este segundo rudo, que utiliza la razón y la experiencia verbal para resolver los asuntos, es pensar en la posibilidad de que Aníbal Fernandez y Chuck Norris hayan tenido un hijo y lo hayan abandonado en las afueras de Ucrania. Para no quedar fuera de moda, Victor Grygorovych viste unas camisas de un calibre tan alto como el de su pistola, dando como resultado unas ganas de salir del cine, robar un auto y jugar a que estoy Miami Vice tirando tiros y coleando el auto en cada esquina. A su vez contagia paciencia y dedicación: diez viejas del barrio se acercan a su oficina para celebrar año nuevo. Esto significa que tienen vestidos autóctonos, utilería y muchas canciones para cantar en un cuarto que quizás es de 3x3. Su reacción incluye baile y aplausos a la par de las performers. Este duo vistoso que toma alcohol durante el servicio junto a las víctimas, es la puerta de entrada a conocer al resto de los personajes.

Un hombre que aparenta tener cincuenta años, con la piel curtida por el gélido viento, las manos gastadas de trabajar, la nariz rota por un combate nocturno y la ausencia de varios de sus dientes, verdaderamente tiene treinta y cinco años y es interrogado por los aguaciles en la puerta de su propia casa por sospecha de haberle pegado nuevamente a su mujer. En esta charla de tranquilidad absoluta, el hombre promete no haberle levantado la mano. Su señora es también parte de la conversación. Continúa diciendo que la otra vez hubo razones, a lo que la esposa afirma que las hubo, ella habiéndose comportado indebidamente. Yo ya mareado de estos constantes retrucos inesperados, me encuentro viendo a este mismo hombre teniendo una más que distendida charla con el intendente en el patio de su casa. El tema gira alrededor de las horas de trabajo social que tiene que cumplir por algunas irregularidades cometidas. En simultáneo que pareciera acariciar con amor al perro del líder del pueblo, comenta sobre su pasado devorador de canes. Se excusa diciendo que son la fuente de la cura de la tuberculosis. El dueño del perro le sugiere que no se haga el pillo, que no hay necesidad de ocultar el hambre con pretextos inexistentes.


Antes de que termine de preguntarme mentalmente cuál es el trabajo del intendente en este pueblo, lo vi hacer dos valerosas acciones. La primera fue restaurar el monumento para la rememoración de los caídos en batalla en tiempos soviéticos. Calculo que fue en los días posteriores, que todo el pueblo se reunió para la celebración deEl día de la victoria, envueltos por el emotivo discurso del intendente. La segunda vino de la mano de un exquisito mic-drop. En el salón compuesto por todo el pueblo, incluido el alcalde y los aguaciles, donde se hacen los debates políticos, la oposición intentaba boicotear el gobierno actual. Desde el momento uno eso se sabía que era casi imposible que termine bien, debido a los gritos desaforados de los habitantes de la tercera edad que, con razón, poco les importa cualquier tipo de protocolo. Ante tanto alboroto y en un acto de patriotismo, el héroe político toma el mando en el escenario, manifiesta su desilusión con gritos y ejecuta el majestuoso arrojo de micrófono para empaparse de aplausos.

Para redondear esta catarata, hay en este pueblo una torre de vigilancia que permite ver el horizonte y más. Se eleva en un pueblo que no entiendo para qué la necesita. El encargado de avistar y reportar diariamente cualquier posible acontecimiento, es un hombre que posiblemente fue el prototipo con el que se inspiraron para inventar a Ninja, el cantante de Die Antwoord. Más allá de la inactividad de su trabajo, es la radio que está en la torre la que permite escuchar la situación actual entre Rusia y Ucrania. Él transmite el sentimiento popular ante este acontecimiento, abriendo sus pensamientos hacia los conceptos de guerra, nación e historia. Esto, de una forma u otra, sugiere una posible respuesta a la necesidad de su trabajo donde empieza a reinar el miedo de ataques.

Todas estas historias están envueltas por una elección de colores que terminan de descolocarme. En un momento pensé que podían llegar a ser decisiones del director pero después me di cuenta que todo el pueblo giraba en torno al color azul, amarillo y rojo. Una mezcla de desesperación y admiración empezó a surgir en mi porque no hay nada que escape a estos tres. Llegué a la conclusión de que es una especie de empapelado nacionalista hacia Ucrania que incluye puertas, gomitas para el pelo, autos, escritorios, marcos, postes de luz, rejas, y los restos de rojo que están dispersos en menor medida, funcionan como recordatorios de ese pasado soviético que no lo quieren dejar escapar.

Estos chiches cómicos, mezclados con lo trágico que se le puede llegar a asociar y un pasado que todavía late, hicieron que al terminar la película no pueda levantarme y tengan que venir a echarme con la misma violencia con la que me recibieron los cobardes del fondo que ya huyeron. Le agradezco a esta maligna señorita, que me lleva una cabeza de alto y me da palmadas en la espalda que duelen, porque en cuanto reviso el horario me doy cuenta que mi colectivo para Berlin sale en quince minutos y yo me encuentro precisamente a esa distancia temporal de la estación. Esta vez con dolor salgo nuevamente a la lluvia para mojarme íntegramente, teniendo que pedalear a velocidades que no quiero pero afortunadamente pude interceptar el bondi: ‘¡Pará capo! ¡Pará que ya llegué!.


Por Cacu Luppi

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