Cultura Pop

Munchen Leben #1: Friends of Gas

by Colaboradores 20/05/2016
  

Hoy presentamos esta serie especial sobre la vida y cultura en la ciudad alemana de Munich, el día a día del cineasta argentino Cacu Luppi. En esta primera entrega, ¡damos un vistazo al under de la escena musical!


Con un tubo de vino encima la situación está un poco más picante. Estoy caminando con A., perdidos sin encontrar el bar. Paramos a pedir indicaciones en uno de estos lugares que hacen shawarmas y de paso nos comemos uno. El tipo nos trata de explicar, le pregunta a su amigo y este llama a su mamá. Nos dicen algo que no se entiende pero me apunta que es para ‘allá’. Friends of Gas toca dentro de cinco minutos y estamos en el otro lado de la ciudad, borrachos y con aliento a ajo. Vamos para donde dijo el árabe, lo cual incluye un viaje en tranvía, pero como no tenemos más plata (porque nos la gastamos en el shawarma), vamos a pata. Por suerte tenemos otra botella. Me levanto de atarme las zapatillas para afrontar los veinte minutos y veo que A. ya está colgada del pico.

Durante este arco a arco de vino tinto, no sé como terminamos en el quilombo de la calle. La gente ya le mete un poco más de cumbia al frío repartiendo panfletos de fiestas swinger y escaviando en la calle. Me doy cuenta que vamos bien y con la segunda botella casi vacía, trato de recordar cuál era la calle del Milla Club. No entiendo por qué se me viene la cara de un amigo a la cabeza y ahí entiendo que su apellido es el nombre de la calle. Vuelvo a preguntar dónde queda. Nos dicen que a la vuelta de la esquina y sin meter ningún leve trote, esperamos que la banda no haya empezado.

Bajamos unas escaleras para entrar y eso ya me motiva un poco. Pedimos dos entradas y nos preguntan si queremos el tape. Nosotros sabíamos que era el tape release  pero no entendíamos si era verdad o no la parte de que iba a existir físicamente un tape. Lo pedimos y bajamos por otras escaleras envueltas en grafitis y posters de bandas, hasta llegar a meternos en lo profundo del underground de Múnich. Meto la mano en la mochila y encuentro más plata que reventamos en cervezas. Friends of Gas todavía no había empezado. Nos dirigimos al frente del escenario y vemos cuatro guitarras, un bajo, un pianito de juguete y una batería. Mientras me saco la campera, la banda entra.

 

Sobre esto, primero tengo que describir cinco puntos muy importantes. Punto número uno: la muchacha que canta lleva puesta una bolsa como remera bajo la firma de Giotto, marca de lápices pero también nombre del pintor y arquitecto ¿Qué pensará desde su tumba, de que hoy lo inmortaliza una cantante de post-punk alemana que rompe su garganta como Kurt Cobain? Segundo punto: el primer guitarrista, o mejor dicho marinero de Steve Zissou más tieso que un pedazo de roca, tira riffs y una especie de manchester sound, si es que ese término existe. El tercer punto:  el bajista, acorde al estereotipo que va de la mano con el instrumento que toca, en completo silencio pero tirando unas jugadas graves que hacen el aire bastante más espeso de lo que ya estaba; pelo largo, vestido íntegramente de negro y con un pedal casero de distorsión de otro planeta, rebotando el bajo contra el piso y contra la batería en un acto casi de eyaculación musical, genera unos ruidos espectaculares manteniendo un ritmo rockero. Punto número cuatro y el más importante: Mario Kempes está en la batería. Este es el mundo paralelo en el que Marito no fue jugador de fútbol, sino que prefirió comer mucho asado, tomar mucho vino y vivir la vida a puro saque y volea. Vale aclarar que Mario está completamente descontrolado, revoleando el pelo, sacando la lengua, pidiendo más birra y chivando que da calambre. Clavo contacto visual con el Mario Kempes alemán, hay guiño de ojo y sacada de lengua. Varias veces. Último punto y quizás el más indescifrable de todos: la segunda guitarrista. En un momento su guitarra empieza a tener sexo con un platillo hasta romperla y después aparece con una chapa y un martillo. Pareciera que en los momentos que no sabe qué hacer empieza a golpear cosas. En los otros momentos tira unos espadazos de guitarra con mucho reverb.

La mezcla de grunge en la voz, el rock inglés en la guitarra, el matador tirando unos ritmos a lo Pink Floyd desde la batería, la situación pesada desde el bajo y un espolvoreo de puro reverb, hace que convivan casi como tres o cuatro generaciones de música  distintas en una misma banda que da ganas de bailar, revolear el pelo y patear gente.


Pero Friends of Gas no sería nada sin su público y es acá donde los condimentos de toda esta salsa se ponen bien picantes. Hay dos fotógrafos deambulando y escurriéndose entre la multitud. Uno es un cura viejo, pelado, con saquito y anteojos medialuna y el otro es un forever young a niveles extremos, debe tener sesenta y tres años pero se viste como si tuviera veinte. Carga una barba blanca al mejor estilo lumber sexy y un gorro con pompón que dice No Notre Damme. Ambos se encuentran en un estado intratable, sacándole fotos a absolutamente todo. Mientras tanto la cantante no para de chivar porque su cuerpo no respira encerrado por la bolsa. En su mano tiene la playlist escrita con tinta y un espectador le invita cerveza, pero ella se muere de vergüenza y le dice que no. 

Otro grupo estaba llevando el mundo de los pines con frases antiimperialistas otra vez a la escena del punk, en sus tapados largos y negros. Estos hombres no sólo sabían la letra de todas las canciones, sino que hacían una especie de pogo alemán (que es muy tímido comparado al que nosotros, argentinos, conocemos). Esto incluye agitar un poco el flequillo, saltar un poquito y uno o dos empujones caóticos. Por último mi espectador/a favorito/a. La vida me dio otro regalo y fue cruzarme con el famoso híbrido niño-mujer. Catorce o sesenta y cinco. Cuestión que nuestro híbrido baila como nadie, se arma como una especie de spotlight implícito y esta persona de un metro cuarenta y cuatro baila a puro movimiento de todas las articulaciones y tira un tímido y leve break dance. No quiero olvidarme de nosotros, representando a la celeste y blanca en primera fila, como ya dije, al grito de ‘olé, olé, olé, friends of gas, friends of gas’, ‘dale carajo’ y ‘sos vos, matador. Sos solo vos’.

Después de toda esta catarata de situaciones, nos dirigimos con A. a la casa de unos amigos que nos invitaron a una Rave. Cuando llegamos estaban pasando cosas más turbias de las que vi en todo el recital, pero me tranquilizan dándome el único e inigualable White Russian. Después del tercero, ya es como que no puedo decir que me acuerde de las cosas. Lo único que sé es que cuando desperté, pensé que estaba abrazando a The Dude pero por suerte era A. Con la cabeza partida en dos le pregunto a A. algo sobre la noche pero no puedo prestar demasiada atención. Nos estamos quedando en la casa de una señora que todavía tiene reproductor de cassette. Metemos Friends of Gas y dejamos que el día pase.


Por Cacu Luppi.



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